domingo, 27 de marzo de 2011

Los hilos de mi abuela

Todavia me acuerdo de ese día. Era de tarde y yo estaba haciendo compras con mi abuela.
Fuimos a "Lo de Pinocho". En el barrio de mi abuela le decían así y yo nunca supe por qué, ya que era un kiosco sin nombre en la fachada. Habremos comprado pan y algunas otras cosas, como artículos de limpieza y alguna que faltara en la alacena.

Nos cruzamos al kiosco de al lado. Mi abuela pidió que le muestren unos hilos. La vendedora, una mujer relativamente joven, con una linda sonrisa sacó una caja y mi abuela eligió uno. No recuerdo bien el color. Era de tonos rosados.
Lo miró despació y lo volvió a dejar. "Ya tengo este color..." Me dijo, nos dijo, a la vendedora y a mi. Tomó el hilo de al lado de ese y lo compró. Pasó un rato charlando con la vendedora. Quién sabe de qué. Yo tenía cuatro o cinco años, y me aburría.

Esa tarde la vi coser, bajo una planta de higos que, por fotos que ví de cuando yo aún no nacía, estaba en su casa desde hace muchísimo. Yo estaba sentada a su lado, comiendo, seguramente, un postre de esos que ella me preparaba, o haciendo preguntas sin parar, como para dejar bien en claro lo parlanchina que era aún ya desde pequeña.

Mi abuela nació y creció en el campo. En un pueblo alejado de mi ciudad, y ya, en sus últimos años, me contaba acerca de las cosas que hacían, y algo que mencionó varias veces era que sus hermanas y ella hacían la ropa para su padre y sus hermanos, es decir, que sabía coser desde joven.

Pasó esa tarde, y yo la visitaba de vez en cuando. Aprovechavamos el tiempo de manera práctica: ella me ensseñaba cosas toda la tarde o me dejaba mirar la tele mientras me preparaba una chocolatada con masitas. Era siempre lo mismo. Y las dos la pasabamos bien.

Gracias a ella aprendí a coser y me gusta hacerlo. El costurero de mi mamá tal vez haya sido usado en esta casa mas veces por mí que por ella misma.

Hace menos de un año falleció mi abuela.
No fuí a su velorio. Para ser sincera fuí a solo dos en mi vida: El de mi hermano y el de mi abuelo, y en ninguno estuve tranquila. Nunca me dieron motivo para llorar los muertos y me sentía extraña.
Cuándo era mas chica me dijeron que los muertos que tenían a Dios en su corazon, en su vida, me refiero, iban al cielo. Y yo, entonces, suponía que, quien fuera estaría mejor en el cielo que en este mundo. Y eso me ponía alegre.
En el velorio de mi hermano lloré. Si, lloré, pero porque no puedo explicar lo que producía en mi ver a mi madre y mi padre llorando. Lloré luego de que todo pasó tambien, pero por asuntos propios, pensando en los momentos que nunca mas pasaríamos, y eso sí era un motivo para llorar, porque, repito, segun yo, el estaba muy bien. Pero me voy del asunto.

Hace cosa de dos días, creo, mi mamá decidió limpiar un aparador que hay en la cocina. Perteneció a mi  abuela antes. Y ahora está en mi casa.
Lo vaciamos de pies a  cabeza, eso suponiendo que el aparador tuviera pies y cabeza, y encontramos una bolsa de nylon. La abrimos y estaba llena de hilos de colores, botones, alfileres, elásticos y otros tantos objetos de costura.
Mi madre me la dió como estaba y me encargó que cuidara lo que todos sabemos de quién era.

Esa noche sólo colgué la bolsa en una repisa donde tengo mis libros y me fuí a dormir.
La recordé un rato.
Recordé cosas buenas, como el día que compramos ese hilo, y malas, que no vienen al caso.
Recordé, como parte del asunto, que esos hilos me pertenecían. Por una especie de herencia eran míos.
Mi abuela me había dicho que cuando ella ya no puediera usarlos me los iba a regalar. 

El sueño no me dejó tiempo para pensar y me acomodé en las brazos de morfeo.

Hoy al mediodía tomé la bolsa y acomodé uno a uno en una cajita blanca los hilos. Estaba decidida a armar mi costurero, para no volver a usar el de mi madre ya que a ella no le gusta prestarmelo.
Los acomodé con prolijidad, por color, por tamaño, acomodé las agujas.
Acomodar esos hilos me la trajo a la memoria. Otra vez. Una especie de melancolía se decidió a recordarme que ella me había enseñado a hacer el punto cruz y a tejer al crochet.
A recordarme que me preparaba un postre de crema que nadie mas sabe hacer.
Recordarme que...era la última abuela que me había malcriado así, y muchas de las exquisiteces que hoy conllevo son su culpa.
Esos hilos...con os que voy a coser a partir de ahora, sin permitir que se terminen.

Siempre renegué de mi melancolía. Siempre recuerdo cosas que no se aprovechan demasiado.
Pero, que bonito es saber que hay buenos recuerdos que le dan sentido a ser melancólico.

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