Imagine usted ahora la siguiente situación, con un detenimiento más o menos sano, dejándola desprovista de cualquier sentimentalismo barato. Es una escena sin música de fondo, y preferentemente en blanco y negro, solamente para que no contenga colores que inspiren alguna clase de emoción pasajera confundible con un sentimiento perdurable.
Imagine una señorita joven, pálida como los miles de papeles que usted escribió a lo largo de estos años, imaginela vestida toda de negro. Repito, nada romántico, nada espectacular. Un jean negro, unas zapatillas negras, y una musculosa igual de negra que las dos prendas ya mencionadas. Usted fuma un cigarrillo esquivando las pesadas y grandes gotas de lluvia, que contra el parabrisas se veían aún mayores.
Tiene un hoyo sin fondo en el centro del pecho. Al principio no lo ve usted, porque ella se encuentra de perfil, pero entonces, cuando ella tres cuartos de vuelta y se coloca de frente, el hueco interminable, viscoso y brillante se vuelve claro. Ella sonríe, con esa clase de sonrisas que podemos asociar a la paranoia, a la locura, a ese estado de la mente donde algo por dentro está en un estado tal de reposo que da miedo. ella sonríe y le extiende algo.
Entonces usted mira a sus manos rojas.
Hace frío, sí, pero no están rojas por el frío, o al menos no sólo por el frío.
Ella le extiende algo, decía. Le extiende un corazón, y entonces usted hace la asociación inmediata y predecible con el hueco que había en su pecho. Se arrancó el corazón y se lo extiende con las manos apestando a metal, a sangre.
Por un segundo, usted ve el corazón, pero al segundo siguiente, usted recuerda que todas las mujeres son mentirosas y manipuladoras, y que hieren, y que están locas, y que son falsas y....
Ve un cenicero.
Ahora la chica vestida de negro le extiende a usted un cenicero plateado perfectamente circular.
Usted extiende su mano, mirándose por una fracción de una milésima de segundo, casi inconscientemente, el anillo blanco, y aplasta la punta del cigarrillo contra el cenicero.
Usted se da la vuelta, y ella sigue en la misma posición, solo que ahora la sonrisa es casi grotesca, la boca se vuelve un poco más fina, los ojos le lagrimean, tiene cara de que el frío le quema los nudillos, pero a eso no lo ve usted, porque ya está volteado, disponiendose a refugiarse en su auto, al que las gotas de lluvia le dan el brillo insultante del plomo.
Oh por Dios. -bow down-
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